
CONCEPCIÓN (CNN) — Viajamos mucho pero observamos lo mismo. Regresábamos a Estados Unidos desde Haití —donde cada movimiento de cabeza revela otra tragedia humana, aun seis semanas después del terremoto del 12 de enero— cuando fuimos enviadas a Chile.
Un temblor de 8.8 grados de magnitud cimbró el área alrededor de Santiago, la capital chilena: un evento sísmico 800 veces más poderoso que el ocurrido en Haití.
Llegar ahí fue complicado. Despegamos de Miami, Florida, sabiendo que el aeropuerto de Santiago estaba cerrado, así que nuestro objetivo era llegar tan cerca como pudiéramos. Ese fue el preludio de un viaje que duraría 48 horas. Volamos a Panamá, Lima, Sao Paulo, Buenos Aires y Bariloche; luego comenzamos un largo viaje en auto a través de la región de la Patagonia, en Argentina, y nos adentramos a Chile. De ahí conducimos al norte, hacia la zona del sismo.
Una enorme luna llena nos siguió a lo largo del camino. El paisaje se veía demasiado bello como para haber sido el escenario de una tragedia. Sus altas montañas verdes terminaban en cumbres nevadas y amplios lagos acompañaban a campos y playas.
Sudamérica vivía las vacaciones de verano hasta que fue interrumpida por este desastre. Haití, con su alta cifra de muertos y gran sufrimiento, establece un estándar muy alto para lo que solemos llamar una tragedia. Pero no por ello debe subestimarse a los cientos de chilenos que murieron o cuyos hogares fueron arrasados por un mar frenético.
Chile ha padecido poderosos terremotos antes y es un lugar moderno y próspero en comparación a Haití. Sin embargo, mientras manejábamos a través de Ozoro, Las Violetas, Los Ángeles y otros pueblos granjeros, vimos trozos de camino y techos caídos, puentes fracturados, gente acampando en tiendas de campaña en medio de sus vacas.
Cada chileno con el que hablamos acerca de los sismos anteriores refería la intención de reconstruir su casa o encontrar una nueva diseñada para soportar una fuerte sacudida. La gente aquí sabe qué hacer.
Pero la imagen de convoyes militares y ambulancias daba cuenta de lo que puede hacer un temblor de 8.8 grados de magnitud. El conductor de una ambulancia en Los Ángeles dijo que hubo docenas de réplicas, algunas de ellas tan poderosas como para aumentar el número de heridos y muertos en pueblos con grandes construcciones.
En Concepción encontramos saqueos y gente caminando por las calles en busca de agua o gas. A algunos edificios altos les faltaban paredes y sus vidrios se habían caído.
El periodo de vacaciones trae consigo a muchos jóvenes que se lanzan de mochileros, aunque en esta ocasión se vieron separados de sus familias por la distancia y líneas telefónicas caídas. Han escuchado historias de comunidades en la playa barridas por el mar e intentan conseguir quién los lleve para poder reunirse con sus familias.
Los efectos del sismo son como una marea que se levanta; son un signo claro de que el daño no ha terminado.
Los centros de las ciudades lucen vacíos. Este país no clama por la ayuda internacional como lo hizo Haití. Estaba preparado y tenía recursos. En estos casos este país lugar envía trabajadores de rescate a otros países porque sus ciudadanos son buenos en esas tareas.
Pero su belleza natural y eficiencia no son suficientes para borrar lo que lo conecta con Haití, es decir, que la gente que espera en los caminos, a campo abierto, tiene miedo.
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